agosto 9, 2026
Eclipse

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Eclipse solar 12 de agosto 2026: un guiño del cielo

Antes de que la astronomía moderna explicara estos fenómenos, la corte del Siglo de Oro ya los miraba con atención: cometas, eclipses y otros «prodigios celestes» podían anunciar tanto desgracias como buenas nuevas para la Monarquía.

Cometas, eclipses y presagios en la corte de Felipe IV

En el siglo XVII, cualquier prodigio celeste se interpretaba mezclando astronomía y astrología, como aviso de «malos augurios» para los reinos. El militar y escritor Vicente Mut ya advertía del peligro de estos pronósticos, capaces de «acobardar el ánimo» de los vasallos, sobre todo cuando se vinculaban a la muerte del príncipe.

El caso más elocuente es el de Felipe IV. En diciembre de 1664 apareció un cometa que sembró alarma en Madrid; semanas después, entre el 30 y el 31 de enero de 1665, se observó un eclipse parcial de luna. Ambos fenómenos se entrelazaron con la enfermedad y muerte del rey ese mismo año, y pasaron a formar parte de sermones, jeroglíficos y libros de exequias en Madrid, Lima, Valencia, Zaragoza y Palermo, donde comparecen el cometa y el «Ecclissi Lunare» como signos de un desenlace real infausto.

Presagios de guerra: el cometa y el frente de Portugal

Estos fenómenos no solo anunciaban muertes reales: también se leían en clave militar. En unas predicciones para 1663 se vaticinó, a partir de la aparición de un cometa representado con su «cola de fuego» bajo un león rampante, una «Victoria no pensada» de los vasallos portugueses leales a España frente a los rebeldes de Portugal. Era el mismo escenario, la Guerra de Restauración portuguesa, en el que por entonces Juan José de Austria comandaba las tropas españolas. El cometa se convertía así en una herramienta de propaganda tanto bélica como funeraria.

Cuando el cielo traía buenas noticias

No todos los autores del Siglo de Oro leían estos fenómenos como desgracias. El cronista valenciano Lázaro de Velasco defendía que los cometas no tienen por qué «significar cosas fatales», recordando que, según cierta tradición, la propia estrella de Belén que guio a los Reyes Magos habría sido en realidad un cometa, «señal de la mayor dicha». Con ese mismo espíritu, el sermón de la Universidad de Salamanca convirtió el cometa de 1664 en anuncio del «ocaso feliz y glorioso» de Felipe IV, comparándolo con la estrella que anunció el nacimiento de Jesús, y se llegó a invocar a Ficino para sostener que los cometas eran luces que «los ángeles de más alta esfera» encendían en el cielo cuando moría un príncipe católico. En Valencia se interpretó además como señal favorable el arcoíris que se formó sobre la catedral el día de la festividad de la Virgen, justo encima del túmulo del monarca; y en Zaragoza, un soneto resumía esta doble lectura: el cometa era a la vez aviso terrible de la muerte del rey y «propicia estrella» que anunciaba su ascenso a los cielos.

Este cruce entre astronomía, propaganda y ceremonial fúnebre —presagios de muerte, victorias militares y también consuelo religioso— es el objeto de mi tesis doctoral Imagen y política de un reinado: Las exequias de Felipe IV (Rodríguez Arbeteta, B., 2021, UNED), que analiza cómo la Monarquía hispánica convirtió estos fenómenos celestes en símbolos políticos durante los funerales reales. La tesis se publicará próximamente en una edición ampliada que desarrollará con más detalle estos aspectos. Quien quiera profundizar desde ya puede consultar el trabajo completo en Dialnet.

Casi cuatro siglos después, el próximo eclipse solar agosto 2026 no traerá presagios, pero sí una buena excusa para mirar al cielo con el mismo asombro que sintieron nuestros antepasados.

 

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Benito Rodriguez Arbeteta

Doctor en Historia, Historia del Arte y Territorio; Máster en Métodos y Técnicas Avanzadas de Investigación Histórica, Artística y Geográfica, UNED; Licenciado en Historia del Arte y Estética por la UAM. Temas de investigación: Además de la expertización de Arte, se centra en la imagen de la Monarquía Hispánica, en especial sus rituales, y sus monumentos fúnebres. La iconología y la emblemática, lo que implica establecer la relación existente entre la obra de arte y el espectador, a través del estudio de la visión.

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