La inoculación, precursora de la vacuna moderna

 Bien conocido en China o la India y practicado como recurso preventivo popular en Europa en el siglo XVII, el precursor remedio de la inoculación contra la viruela fue asimilado por la comunidad médica en la siguiente centuria y allanó el camino para la aparición de la primera vacuna moderna en 1796

Por Alejandro Bañón Pardo, Licenciado en Historia

 

“Praeterire non possum mercaturam variolarum, quam nonnulli inter nostros hodie exercent. Inter vulgus receptum est, ut quot variolas quis desideret, totidem ab altero emat qui variolis decumbit”.

(“No puedo dejar de mencionar la comercialización de viruela, que algunos entre nosotros han atestiguado en nuestros días. Entre el vulgo se ha adoptado la siguiente práctica: quien necesita viruela, la compra de otros que están convalecientes por dicha enfermedad” -traducción libre-).

Testimonio del médico danés Thomas Bartholin (1616-1680), procedente de su obra De Medicina Danorum domestica: dissertationes X, publicada en 1666, donde, a colación de una reflexión sobre los errores y supersticiones del vulgo, habla de la existencia en Copenhague de un pintoresco mercado de viruela organizado por amas de casa.

 

 

Introducción

La viruela, hoy en día afortunadamente desaparecida, era una enfermedad infecciosa grave y muy contagiosa causada por dos variantes víricas, variola major y variola minor. Sus síntomas iniciales eran fiebre y vómitos, seguidos de la aparición de las características protuberancias cutáneas rellenas de líquido espeso con una pequeña hendidura en el centro. Solía durar en torno a cuatro semanas y su índice de mortalidad en el Antiguo Régimen estaba en torno al 30% de los contagiados. Algunos supervivientes quedaban marcados por cicatrices o se quedaba ciegos. En el siglo XVII la naturaleza del virus cambió, seguramente debido a una mutación genética que lo hizo más agresivo y mortal, y a partir de ese momento golpeó Europa con más fuerza, siendo reseñable la primera pandemia de viruela de 1614. A lo largo de todo el siglo las epidemias fueron recurrentes, y Escocia por ejemplo experimentó fuertes rebrotes en 1610 y 1635 y una prolongada serie de epidemias puntuales entre 1670 y 1689 (Brunton, 1990: 9). En la Europa del siglo XVIII se piensa que la enfermedad mataba cada año alrededor de 400.000 personas, siendo especialmente mortífera entre los niños. Pero la nueva cepa aparecida en el siglo XVII atacaba además con fuerza a los adultos, como refleja en 1723 este testimonio del médico francés Jean Helvétius (1685-1755):

“La humanidad durante mucho tiempo pensó que había poco peligro en la viruela. Las gentes crecían como si estuvieran familiarizados con ella, acostumbrándose a ver la recuperación de la mayoría de los niños que la padecían. Fue con cierto asombro que repentinamente vieron sus efectos fatales en las personas mayores”.

Con la llegada de los europeos a América o Australia, cuyos habitantes autóctonos no tenían defensas inmunológicas contra la nueva enfermedad, la viruela diezmó dramáticamente a la población nativa.

Es bien sabido que la primera vacuna de la historia apareció en 1796, desarrollada por el médico rural inglés Edward Jenner (1749-1823) para combatir este terrible virus. Sin embargo, antes de existir la vacunación, la lucha preventiva contra la viruela arraigó en latitudes extraeuropeas como China o la India y después en Europa por medio de la variolización o inoculación. Este método, indudablemente menos efectivo y más peligroso que el de la vacuna, consistía en la introducción de costras de cepas débiles de viruela humana molidas o simplemente ralladas sin extracción de la pupa, por los orificios nasales o a través de cortes en la piel del paciente, para así inmunizarlo frente a la enfermedad. Aunque la inoculación era pues conocida fuera de Occidente desde tiempos remotos, y practicada en ciertas áreas de Europa como remedio popular, la intelligentsia del viejo continente comenzó a hacerse eco del procedimiento a partir de finales del siglo XVII y sobre todo en las primeras décadas del XVIII. Su paulatino reconocimiento por la comunidad médica y la moderada expansión que experimentó en el siglo XVIII allanó el camino que después recorrería con éxito la vacunación.

 

La inoculación en China, India y Sudán

 Aunque según una tradición que se remonta a la Ilustración, la inoculación habría nacido en la región de Circasia y Georgia, en el Cáucaso, o “en Asia Central a principios del segundo milenio, desde donde se extendería al este hacia China y al oeste hacia Turquía, Asia y Europa” (Plotkin et al., 1988/2008: 2), no hay evidencias documentales sólidas que confirmen tal origen primigenio de la técnica.

El historiador de la ciencia británico Joseph Needham (1900-1995), autor de una monumental obra en quince volúmenes sobre la ciencia y la civilización china, estudió en profundidad los orígenes de la variolización en este antiguo imperio, remontando los orígenes de la misma al siglo XI d.C. De acuerdo con esta versión recogida por Needham, poco documentada y sustentada fundamentalmente en la tradición oral, la inoculación habría sido inventada en China “por un monje budista o taoísta, o posiblemente una monja, en torno al 1000 d.C., y habría sido practicada por los taoístas involucrando y mezclando elementos médicos, técnicos y mágicos, como hechizos, el remedio se habría transmitido solo oralmente debido a un tabú que impedía que fuera puesto por escrito” (Boylston, 2012: 312). En todo caso,  hay pruebas documentales de que la inoculación se conocía y ejecutaba en China en el siglo XVI. En el siglo XVII el famoso médico chino Zhang Lu (1619-?) fue el primero en registrar por escrito el método de manera fehaciente, afirmando que había sido una técnica “otorgada por un taoísta inmortal, practicada por primera vez en Jiangxi (…) y que se expandió pronto por todo el Imperio” (Ki Che Leung, 2011: 5). De los tres sistemas de variolización infantil que describe el autor en su obra, dos de ellos suponían la inhalación del virus por vía intranasal (que se acabaría imponiendo), y un tercero implicaba que el paciente sano llevara ropa de un enfermo de viruela.

En 1681 el emperador manchú Kangxí (1662-1722) encargó a varios médicos expertos en viruela de la región de Jiangxi (donde la inoculación era mejor conocida y más practicada) que inocularan a toda la familia real y a las tropas estacionadas en las fronteras septentrionales de China. En un libro de 1713 se describió un cuarto método que se convertiría en el más habitual: la inhalación de costras secas de viruela en polvo impregnadas en una pieza de algodón, unidas a veces a una mínima cantidad de almizcle, a través de un fino tubo de plata. Las costras se extraían de enfermos aquejados de casos leves de viruela. La expansión de la novedosa técnica en China fue lenta pero constante a lo largo del siglo XVIII, gracias a su efectividad, especialmente entre las clases altas, las cuales, según el relato de un médico japonés del siglo XVIII, inoculaban casi todas a sus hijos. Aunque probablemente el galeno exageraba, no cabe duda que testimonios como éste reflejan su popularidad, al menos entre las clases pudientes (Ki Che Leung, 2011: 6-7). En Europa, sin embargo, el método chino de insuflación no tuvo largo recorrido pese a ser conocido ya en 1700, optándose por la inoculación subcutánea de procedencia turca.

Es posible que los brahmanes hindúes practicaran el método desde la Antigüedad, como un recurso religioso más de sus rituales, en los que la higiene jugaba un papel muy importante (Bazin, 2011: 26). En todo caso, los antiguos textos sánscritos que parecen sugerir esta variolización tan temprana no son concluyentes, puesto que hablan de la viruela y remedios generales para su tratamiento, pero no hay una descripción concreta de esta técnica profiláctica. Los primeros testimonios escritos de su ejecución en la India provienen de residentes ingleses que en el siglo XVIII describieron inoculaciones realizadas por brahmanes itinerantes. Su técnica consistía en sumergir una aguja de hierro afilada en una pústula de viruela y después perforar la piel del paciente a proteger repetidamente, por lo general en la parte superior del brazo, cubriendo después la herida con arroz cocido (Boylston, 2012: 313). Pese a que en 1870 las autoridades británicas prohibieron la inoculación tradicional en la India por su elevado índice de mortalidad frente a la vacunación, se siguió practicando a escala reducida hasta tiempos muy recientes.

En Sudán se observaron a finales del siglo XVIII dos métodos de inoculación de procedencia árabe que practicaba la población local. El primero, Tishteree el Jidderi, implicaba la visita de la madre de un niño sano a la casa de otro enfermo de viruela, al que ataba un paño de algodón alrededor de su brazo, a cambio, la madre del enfermo negociaba con la otra el precio de cada bulto de pus, y tras alcanzarse un acuerdo la adquiriente volvía a casa y ataba el paño contaminado al brazo de su hijo. El segundo procedimiento observado en Sudán era el Dak el Jedri, también presente desde antiguo en algunas regiones de Turquía. En él se recogía el líquido de una pústula de viruela y se frotaba sobre una incisión practicada en la piel de la persona sana.

 

Europa y la inoculación: ¿desarrollo autóctono o importación?

Tradicionalmente se venía afirmando que el continente europeo importó la variolización contra la viruela desde el Imperio Otomano a través de Gran Bretaña, es decir, que era un procedimiento profiláctico foráneo, en absoluto practicado en Europa. Parece probado que su reconocimiento médico y posterior expansión general no vino hasta principios del siglo XVIII, y sobre este punto incidiremos más adelante. Pese a ello, resulta de interés centrar la atención brevemente en algunas manifestaciones folclóricas, populares, de inoculación en Europa, cuya inexistente plasmación por escrito no obsta que pudieran estar ya bien asentadas desde hacía siglos entre la gente común de determinadas zonas. Ello supone que, por una de aquellas frecuentes casualidades a la que es tan aficionada la Historia, la técnica se generalizó en Occidente cuando se tuvo conocimiento de la misma por su empleo en el extranjero, pese a que realmente se conocía y practicaba desde hacía tiempo en Europa por medios más arcaicos. Tal vez, la pasión de los hombres y mujeres occidentales del siglo XVIII por las novedades de exóticas tierras y culturas (Plotkin et al., 1988/2008: 254) tuvo que ver con el rápido predicamento del método chino y sobre todo del turco en detrimento del interés por indagar sobre posibles prácticas inoculatorias autóctonas menos lustrosas pero de similar eficacia en esencia, precipitadamente metidas en el saco de las “supersticiones del vulgo”.

Descripciones de formas de inoculación popular más o menos rudimentarias anteriores al siglo XVIII, atestiguadas documentalmente en la segunda mitad del XVII, recorren Europa por doquier. En países como Alemania, Italia, Países bajos, Suecia, Dinamarca, Sur de Gales o la región del Perigord en Francia se repiten relatos sobre una bien asentada costumbre que consistía en reunir a sabiendas y con la intención de inmunizarlos a niños sanos con otros que habían contraído una viruela no muy agresiva, mediando tal vez en ocasiones contraprestación económica entre las familias, tal y como se deduce del nombre que se daba a estas prácticas: “comprar la viruela” (Bazin, 2011: 26), guardando similitud con el Tishteree el Jidderi sudanés. Otra modalidad era la de enviar niños a casas donde un paciente se recuperaba de la viruela para comprar costras de la enfermedad por un módico precio (Fenner, 1988: 253-254).

En el norte de Escocia, las ancianas de los Highlands infectaban a los niños sanos para inmunizarlos acostándolos en sus camas con hebras de lana empapadas en viruela atadas a sus muñecas (Bazin, 2011: 26). Cuando la variolización de inspiración china u otomana se empezaba a conocer por Europa, unos médicos galeses llamaron la atención en 1722 sobre una costumbre local de similares características que se remontaba como mínimo al año 1600, en la zona del puerto galés de Haverfordwest. En su carta, los galenos relataban cómo habían conocido un varón de 90 años que decía haber sido inoculado de niño, y su madre antes que él. En Dinamarca, el médico Thomas Bartholin habla en 1675 de una comercialización de la viruela en Copenhague, aunque no especifica si tales compras eran para prevenir la enfermedad en individuos sanos o para tratar a los ya infectados (Plotkin et al., 1988/2008: 2). En definitiva, con anterioridad a su consagración en el siglo XVIII ya se practicaba una suerte de inoculación rudimentaria y popular en algunas regiones de Europa, menos sofisticada ciertamente que remedios extraeuropeos como el existente en China, pero que debía tener alguna efectividad dada su coexistencia en áreas del continente sin conexión aparente entre sí.

 

El puente otomano

Las primeras noticias acerca de la exitosa inoculación china llegaron a Europa en torno al año 1700, cuando aparecieron en la Royal Society de Londres dos informes independientes que describían la técnica realizada por vía intranasal (Fenner, 1988: 254). Sin embargo, la verdadera puerta de entrada a Occidente de la variolización fue Turquía, y más concretamente Estambul, la hermosa ciudad suspendida entre Asia y Europa.

Se cree que la técnica fue introducida por los selyúcidas en Anatolia, en su variante de aplicación subcutánea de pústulas pulverizadas (es decir, no por insuflación), desde el Cáucaso, “y habría sido ampliamente usada por los otomanos durante un prolongado periodo de tiempo” (Dinç, 2007: 4261). Fuera de las grandes ciudades su empleo debió estar muy extendido (Boylston, 2012: 311). Parece que la comunidad griega de Estambul y en general los cristianos del Imperio Otomano conocían bien la inoculación, y de acuerdo con el médico Pylarini, habría sido introducida en Estambul por una mujer griega en torno a 1660 (Boylston, 2012: 309).

Giacomo Pylarini (1659-1718) fue seguramente el primer facultativo occidental en usar la variolización. Médico veneciano y cónsul de la Serenísima en el Imperio Otomano, tras observar y estudiar casos de inoculación subcutánea en la región griega de Tesalia, inoculó por la misma vía a tres hijos de un amigo griego de Estambul en torno a 1710, convirtiéndose de esta manera en el primer médico occidental que ponía en práctica formalmente este método. El resultado fue satisfactorio: “los dos niños menores, de 5 y 7 años, desarrollaron una erupción que les generó una ligera incomodidad, en ambos casos había desaparecido al cabo de una semana. El mayor, de 18 años, sufrió más: la fiebre y la erupción duraron 14 días” (Alivisatos, 1934: 27). Cuando poco después apareció una epidemia de viruela, el italiano pudo comprobar la eficacia de la técnica, ya que en la casa de su amigo murieron varias personas por la enfermedad, mientras que sus tres hijos inoculados no se contagiaron. Tras este éxito, el italiano repitió el procedimiento con varias familias griegas de alcurnia de Estambul (Alivistatos, 1934: 27). Sin embargo, el mérito y los laureles por ser el primero en dar a conocer los progresos de la variolización en Turquía no los obtuvo él, sino el médico suizo Timoni, que tras comunicarlos en una misiva generó una cadena de reacciones en el mundo académico anglosajón cuyo desenlace fue el definitivo arraigo del nuevo método en Gran Bretaña y poco después en el resto de Europa.

Emmanuel Timoni (1670-1718), ejercía su profesión en la embajada inglesa de Estambul. En 1714, John Woodward (1665-1728) leyó públicamente ante la Royal Society una carta escrita por Timoni que tuvo una gran repercusión en los ambientes cultos del continente, e incluso allende los mares. En su escrito, Timoni hablaba de la extensión de la variolización subcutánea entre los turcos, aseverando que desde hacía al menos ocho años la práctica estaba siendo implementada con éxito en miles de sujetos de distinta naturaleza y condición, lo que la había popularizado en Estambul (Boylston, 2012: 309).

Tras la difusión de la carta de Timoni en la publicación Philosophical Transactions de la Royal Society, los británicos buscaban más testimonios en torno a la novedad médica del momento. En 1715 el cirujano escocés Peter Kennedy, residente en Constantinopla durante muchos años, publicó Treatise of External Diseases, donde hablaba de la inoculación, pero la obra tuvo una repercusión reducida (Brunton, 1990: 13). La carta de Timoni llamó la atención del clérigo de Boston Cotton Mather (1663-1728), que escribió a la Royal Society una misiva de la que extraemos un fragmento:

“Estoy dispuesto a confirmarle favorablemente la comunicación del Dr. Timoni; le aseguro que muchos meses antes de que me encontrara en situación de tener conocimiento de tratamientos de la viruela con el método de la inoculación, en cualquier lugar de Europa; recogí de un sirviente mío un relato de su práctica en África. Preguntando a mi negro Onésimo, que es un tipo muy inteligente, si había tenido alguna vez la viruela, me respondió, tanto que sí como que no; y luego me dijo que se había sometido a una operación, que le había transmitido algo de la viruela y que le preservaría para siempre de ella; añadiendo que se usaba a menudo entre los guramantinos (sur de Libia), y que quien tenía el valor de usarla estaba siempre libre del miedo al contagio. Me describió la operación y me mostró en su brazo la cicatriz que le había dejado; y su descripción de la misma es muy similar a la que después encontré en la carta de Timoni».

Posteriormente otro ministro cristiano de las Trece Colonias, Benjamin Colman (1673-1747), corroboró el relato de Mather al asegurar que había conversado con varios esclavos africanos que también habían sido inoculados en sus países de origen. Fue entonces cuando Pylarini, enterado de esta correspondencia y que como vimos había ejecutado él mismo intervenciones en Estambul, decidió publicar un panfleto en Venecia donde proporcionaba una detallada descripción de sus prácticas inmunológicas en Turquía. El texto del mismo vio la luz en el boletín de la Royal Society de Londres en 1716.

En resumen, a la altura de 1716 este intercambio de impresiones y experiencias sobre la inoculación, con la institución de la Royal Society como hilo conductor y sede del debate, había reunido un grupo de personas sabedoras de los beneficios y esperanzadas con las posibilidades del nuevo método. La insuflación china reportada en 1700, o la práctica de la incisión subcutánea turca que dieron a conocer Timoni y Pylarini, sumados al testimonio de los esclavos africanos, arrojaban luz sobre una ilusionante técnica para prevenir la viruela procedente de países remotos y que en China había sido incluso “institucionalizada” con su adopción por la corte imperial.

 

Lady Montagu, madrina de la inoculación europea

De manera casual, paralelamente a los debates de la Royal Society sobre la variolización, una aristócrata y literata británica ilustrada llamada Lady Mary Wortley Montagu (1689-1762), esposa del diplomático Edward Montagu (1678-1761), se constituyó en un personaje clave en la introducción e impulso de la misma en Gran Bretaña.

En 1716 la mayor parte de las autoridades médicas británicas veían la exótica inoculación mencionada en los boletines de la Royal Society como un procedimiento curioso, una suerte de “divertimento virtuoso” que, excepción hecha de unos pocos, no fue tenido demasiado en cuenta. Lady Mary se decidió a poner en práctica y demostrar públicamente la efectividad del remedio, lo que posteriormente animaría a otros probarlo (Brunton, 1990: 14). En 1713 su hermano había fallecido de viruela, y en 1715 ella misma contrajo la enfermedad, superándola aunque con secuelas físicas que le dejaron el rostro desfigurado. Un año después marchó junto a su marido a Constantinopla, donde fue nombrado embajador británico en el Imperio Otomano. Allí permanecerían dos años. A pesar de residir tan poco tiempo en Turquía, Lady Montagu tuvo tiempo e interés por conocer las costumbres y la cultura local, incluida la inoculación practicada entre los turcos. En una carta fechada el 1 de abril de 1717 y dirigida a su amiga Sarah Chisvell, escribía lo siguiente:

“La viruela, tan fatal y común entre nosotros, es aquí totalmente inofensiva gracias a la invención del engastado, como aquí lo llaman. Un grupo de ancianas se ganan la vida llevando a cabo la operación, cada otoño (…). Se corre la voz y se averigua quién está interesado en ser inoculado con la viruela (…), cuando se reúne un grupo de unos 15 ó 16, la mujer anciana llega con una cáscara de nuez llena de viruela, y pregunta qué vena del brazo o la pierna se ha de abrir. Entonces (…), con una larga aguja (…), deposita en la vena la máxima cantidad de viruela que puede acoger la punta de la aguja y, tras ello (…) abre cuatro o cinco venas más (…). Los inoculados (…) comienzan entonces a tener fiebre, guardan cama dos o raramente tres días. Pocas veces tienen más de 20 ó 30 pústulas en sus caras, que nunca dejan marca, y en ocho días están tan bien como antes de ser inoculados (…). Cada año miles se someten a esta operación, y el embajador francés afirma que aquí la viruela no asusta y es objeto de chanzas”.

 

Lady Montagu retratada por Van Mour (1671-1737) en torno a 1717, junto a su hijo Edward, que sería inoculado contra la viruela un año después en Estambul.

Lady Montagu retratada por Van Mour (1671-1737) en torno a 1717, junto a su hijo Edward, que sería inoculado contra la viruela un año después en Estambul.

 

Convertida en una ferviente partidaria del nuevo método, en marzo de 1718 convenció al médico adjunto de la embajada británica, Charles Maitland (1668-1748), para inocular a su hijo de seis años con la ayuda de una mujer griega. Poco después otros occidentales residentes en Estambul se animaron a imitar su ejemplo e inocularon a sus hijos, tal fue el caso de los dos hijos del secretario de Lord Sutton o los tres hijos del secretario del embajador francés (Bazin, 2011: 30). De vuelta a Londres ese mismo año, trató de promover con entusiasmo el procedimiento en su país natal, pero encontró un abierto rechazo por parte de la conservadora comunidad médica, que no veía en él más que una costumbre folclórica oriental. En 1721 hubo una grave epidemia de viruela en Gran Bretaña, y Lady Montagu pidió de nuevo a Maitland que inoculara a su hija Mary, de tres años, en presencia de varios médicos de la corte. Maitland en un principio se mostró reacio, solicitando, con el fin de descargarse de responsabilidad, la presencia de dos médicos más en la intervención. Finalmente la niña fue inoculada con éxito el 11 de mayo de 1721, en lo que fue la primera intervención oficial en suelo europeo. A partir de ese momento la noticia se fue esparciendo rápidamente por Londres, hasta el punto que la mismísima nuera del monarca inglés, Carolina, Princesa de Gales, se mostró muy interesada en el procedimiento, pues una de sus hijas había contraído un severo caso de viruela y deseaba inmunizar al resto de sus vástagos.

Ante el riesgo que suponía probar un método aún experimental en miembros de la realeza, el colegio de médicos y el presidente de la Royal Society y médico personal del rey, Sir Hans Sloane (1660-1753), propusieron inocular a seis presos que iban a ser ejecutados. El 9 de agosto de 1721, en la prisión de Newgate, se produjo la multitudinaria inoculación, dirigida por Maitland en presencia de unos 25 médicos, cirujanos y farmacéuticos, incluyendo miembros del Colegio de Médicos y la Royal Society. El resultado fue de nuevo exitoso y los presos fueron liberados en reconocimiento a su colaboración. Se procedió a la realización de un nuevo experimento con niños del orfanato de St. James, también satisfactorio. La prensa fue difundiendo todos estos éxitos, y Maitland comenzó a recibir numerosos encargos, que se ejecutaron con testigos con el fin de continuar con el seguimiento del nuevo método. En 1722, tras el visto bueno del Colegio, el cirujano real Claudius Amyand (1660-1740), ayudado por Maitland, procedió a inocular con éxito a dos de las hijas de la Princesa de Gales, Amelia y Carolina. En 1723 el científico y médico James Jurin (1684-1750), secretario de la Royal Society, comenzó a publicar los favorecedores resultados de su minucioso estudio multinacional en el que comparaba los índices de mortalidad de la viruela natural y los de aquellos sujetos que habían sido inoculados.

 

Implantación formal de la inoculación en Europa

A partir de este momento crucial, con la venturosa experiencia regia y el reconocimiento del mundo médico inglés, el procedimiento por vía subcutánea se fue consagrando en el país y algunas personas de la alta sociedad decidieron inocular a sus familias con la “operación bizantina”, como fue llamada en la época (Bazin, 2011: 31-32). Por lo general, la práctica de inoculaciones aumentaba vertiginosamente en un lugar cuando una epidemia de viruela hacía acto de presencia o se temía su inminente llegada.

A medida que se iba implantando, la técnica fue también objeto de abundantes críticas y recelos, siendo rechazada por muchos médicos. Uno de los inconvenientes esgrimidos era la incerteza acerca del riesgo que entrañaba y el grado de mortalidad real que podía producir, de tal forma que algunos pensaban que, al auto-transmitirse la viruela, podía ser peor el remedio que la enfermedad (máxime cuando el remedio era una enfermedad en sí misma). Muchos médicos aseveraban que en ocasiones el método producía no solo ligeros síntomas de una viruela muy leve, sino que podía desembocar en una viruela común o incluso agresiva y que, en fin, no había forma segura de predecir los efectos que podía tener en el organismo del paciente la introducción de restos de viruela. Los opositores tempranos daban ejemplos de personas, como el sirviente de Lord Bathurst, fallecidas a causa de la inoculación (Brunton, 1990: 19). En realidad la variolización recién introducida en Gran Bretaña era “un tratamiento efectivo, pero sus resultados eran erráticos, y entre el 2 y el 3% de los pacientes morían debido a la viruela que habían contraído con la inoculación” (Plotkin et al., 1988/2008: 1), frente al 30% de mortalidad que provocaba el contagio natural por viruela común. El riesgo que corrían los pacientes era, pues, relativamente bajo, aunque podían contagiar la enfermedad a otros, al tiempo que quedaban inmunizados una vez habían transcurrido unas semanas, punto este último que demostró James Jurin en sus estudios inmunológicos realizados entre 1723 y 1727 (Fenner, 1988: 255). Pese a todo, la poca fiabilidad de la inoculación se demostraba a veces de manera palpable. La familia real inglesa perdió en 1782 y 1783 a dos de sus hijos, Alfredo y Octavio, días después de someterse a la intervención, trágico acontecimiento que golpeó con fuerza a Jorge III (1738-1820), acelerando su caída en la locura.

La oposición vino también por la habitual desconfianza de las gentes del Antiguo Régimen ante todo atisbo de novedad, especialmente en campos tan sensibles como el de la medicina. Este sentimiento se vería espoleado cuando la Iglesia de Inglaterra protestó con fuerza en un primer momento contra el procedimiento, lo que llevó a recelar a parte de la población, ya de por sí reacia a aceptar con naturalidad una técnica tan aberrante prima facie como la inoculación voluntaria de una enfermedad en el organismo. Se decía que el nuevo método, en fin, suponía obstaculizar los designios divinos. El reverendo Edmund Massey, en su Sermón contra la peligrosa y pecaminosa práctica de la inoculación, predicado en 1722, consideraba que “al infectarse deliberadamente a pacientes con una peligrosa enfermedad, los inoculadores tientan a la Providencia, e interfieren con la divina habilidad de enviar enfermedades y muertes como un castigo por el pecado” (Brunton, 1990: 19). Existían también prejuicios por su procedencia oriental. El médico Wagstaffe criticó que “un procedimiento ejercido por mujeres ignorantes provenientes de un pueblo analfabeto e irreflexivo tuviera cabida en el Parlamento de una de las naciones más civilizadas”.

Sea como fuere, de manera lenta pero continua los médicos ingleses se fueron familiarizando con la variolización y el pueblo fue poco a poco perdiéndole el miedo. Hacia el año 1728 se contabilizaban hasta 897 operaciones, con solo 17 muertes (Alivisatos, 1934: 1103). Gran Bretaña se convirtió en la meca de la nueva técnica. El tratamiento pronto se adulteró e hizo deliberada e innecesariamente más complejo a partir de la década de los años 30, lo cual aseguraba a los médicos con titulación el monopolio del mismo. Se introdujeron prácticas accesorias (derivadas y justificadas en virtud de la entonces aún todopoderosa teoría humoral galénica que llevaba siglos encorsetando la medicina occidental), como puntillosos periodos de preparación que podían durar hasta seis semanas, consistentes en sangrías, vomitivos, dietas blandas y purgas para “equilibrar” la constitución humoral del paciente, o la práctica de incisiones más profundas.

En la segunda mitad del siglo XVIII la familia de médicos de los Sutton, con el patriarca Robert Sutton (1708-1788) a la cabeza, revolucionó la inoculación inventando un nuevo método que adquirió fama por su alto grado de efectividad y reducción de la mortalidad. Una de las claves del método suttoniano fue su vuelta a los orígenes turcos, simplificando la inoculación por medio del acortamiento o directamente la eliminación del periodo de preparación (si se inoculaba con una epidemia en el ambiente haciendo estragos), la práctica de cortes poco profundos, no vendar la herida resultante dejándola al aire o la exclusión de las sangrías (Fenner, 1988: 256). A ello se añadía una cuidadosa selección de donantes de viruelas muy leves. El éxito de este método propició inoculaciones abundantes por todo el país, aunque como contrapartida y paradójicamente, debido a un uso masivo y descuidado del mismo en las grandes ciudades y la recomendación de los Sutton de que tras la intervención los pacientes se movieran con libertad por su comunidad, obviando o infravalorando el riesgo de contagio, fue frecuente la transmisión de la viruela a personas no inoculadas, hasta el punto que “a finales del siglo XVIII el riesgo de morir por viruela se había incrementado” (Fenner, 1988: 256).

A partir de la década de 1780, merced a las críticas del médico y político Thomas Dimsdale (1712-1800), se trataron de corregir los defectos del método suttoniano implementándose serias medidas de cuarentena y aislamiento de los pacientes, o la inoculación masiva de todos los habitantes de una localidad al mismo tiempo con aislamiento de aquellos que aún no estuvieran preparados para la intervención. La consolidación del método y el optimismo eran tales que, a la altura de 1793, tres años antes de la aparición de la vacuna de Jenner que acabaría sustituyendo en pocos años a la variolización, el galeno John Haygarth (1740-1827) publicó un plan para exterminar la viruela de Gran Bretaña. Para ello, proponía “inocular sistemáticamente todo el país, aislar a los pacientes, descontaminar los potenciales fómites, enviar inspectores a los distritos para asegurar el cumplimiento de las medidas, recompensar a las personas pobres por respetar el aislamiento, imponer multas a los transgresores, inspeccionar puertos y navíos y organizar rezos cada domingo” (Fenner, 1988: 256).

Pronto la variolización cruzaría las fronteras de las islas para asentarse en otras latitudes. En el área de Boston el médico Zabdiel Boylston (1679-1766), tras observar los felices sucesos que tenían lugar en la metrópoli, realizó más de 200 operaciones desde 1721. Las colonias inglesas se fueron abriendo a la inoculación gracias a hechos como la repercusión que tuvo su efectividad preventiva en la epidemia de Boston de 1721-1722, donde de 244 personas que habían sido tratadas gracias a la campaña de Mather, solo murieron 6 (el 2,5%), frente a los 844 fallecidos de 5980 personas que contrajeron la enfermedad de manera natural (el 14,1%). Serios inconvenientes del método como la capacidad de contagio de las personas inoculadas fueron abordados con estrictas medidas de cuidadosa supervisión, cuarentena y aislamientos de varias semanas de duración, hasta que remitían los efectos (Fenner, 1988: 257). Benjamin Franklin (1706-1790), que en 1736 perdió a su hijo de cuatro años Francis a causa de la viruela común, se convertiría en un firme partidario de la variolización, publicando tratados en su defensa, y en 1777 George Washington (1732-1799), a la sazón comandante en jefe del ejército continental, impuso la inoculación obligatoria a todos los soldados que aún no habían contraído la viruela.

En la Europa continental los progresos fueron más modestos que en Gran Bretaña, pero con el avance del siglo el método se iría progresivamente implantando. Hubo lugares en los que su aceptación definitiva coincidió en el tiempo con el nacimiento de la vacuna moderna, por lo que prácticamente se pasó de la nada a la vacunación, sin periodo de variolización previo. En 1721, a la vista de las prometedoras noticias procedentes de las islas, Johann Reimann comenzó a practicar operaciones en Bohemia en lo que supuso la primera inoculación continental (Fenner, 1988: 254). Además, escribió tratados sobre el nuevo método. Francia fue uno de los países donde la técnica llegó más tarde. Se introdujo a raíz de la campaña a favor de su uso del ilustrado Charles de La Condamine (1701-1774) que, después de una devastadora epidemia que aconteció en 1752, hizo hincapié en las miles de muertes que podrían haberse evitado de haberse seguido el ejemplo de Gran Bretaña, implantando la inoculación desde los años 20. A partir de la muerte en 1774 del rey Luis XV (1710-1774) a causa de la viruela, el método se fue tolerando cada vez más en Francia. Los conocidos como déspotas ilustrados lo apoyaron decididamente y trataron de introducirlo en sus territorios. Catalina la Grande de Rusia (1729-1796) fue inoculada con éxito por el médico inglés Dimsdale en 1769, junto con destacados cortesanos. Federico II el Grande (1712-1786) impulsó la inoculación de las tropas prusianas. En Austria, María Teresa I (1717-1780) intervino a sus hijos tras la epidemia de viruela de 1767 y promovió campañas de variolización infantil. Figuras importantes que ayudaron a introducir la técnica en Europa fueron, aparte de los facultativos británicos, el médico y filántropo suizo-francés Théodore Tronchin (1709-1781), gran promotor y defensor en Francia y que escribió uno de los dos artículos sobre la inoculación presentes en la Encyclopédie; o el galeno Angelo Gatti (1724-1798), su impulsor en Italia. En líneas generales su expansión y popularización a escala continental durante el siglo XVIII tuvo frecuentes altibajos, en función de aspectos como “la severidad del brote de viruela o la resonancia de casos malogrados y en especial de muertes en el seno de las familias reales europeas” (Fenner, 1988: 255). Con la llegada del mejorado método suttoniano a partir de la década de los 60 se consolidó el recurso a la inoculación en el continente.

Finalmente, en España la técnica fue conocida con prontitud, y fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764) ya habló de ella en uno de los discursos de su Teatro Crítico Universal fechado en 1733, pero no pasó de ser una mera anécdota curiosa del extranjero, sin mucha repercusión, hasta mediados de siglo, cuando el número de publicaciones a favor y en contra comenzó a crecer exponencialmente. Durante mucho tiempo la inoculación en España no salió del ámbito del debate y la discusión académica e ilustrada, mostrándose al final del siglo una exigua mayoría de las publicaciones a favor del nuevo método (Duro Torrijos,2014: 69), aunque la oposición fue también grande durante toda la centuria, fundamentalmente por parte de integrantes del clero y el mundo universitario, de base escolástica y anclado con firmeza en la medicina galénica. Timoteo O’ Scanlan (1726-1800), médico de origen irlandés que ejerció su profesión en Ferrol, fue el gran apóstol de la inoculación en España. Llevó a cabo una de las primeras operaciones documentadas en España en 1771, cuando Ferrol se vio azotado por un brote de viruela, inoculando con éxito a hijos de familias pudientes de la localidad. En 1778 hizo lo propio con los hijos del afamado ilustrado Cabarrús (1752-1810), y en 1784 publicó el ensayo Práctica moderna de la inoculación con el fin de divulgar el nuevo método (Duro Torrijos, 2014: 100-105). Pese a estas experiencias aisladas, Carlos III (1716-1788) no apoyó la introducción de la nueva técnica, lo que tal vez le acabó pesando al sufrir su propia familia las terribles consecuencias de la viruela con la muerte sucesiva por contagio de su nuera, su nieto recién nacido y finalmente su tercer hijo, el culto infante Gabriel (1752-1788), en 1788. Bajo el reinado de  Carlos IV (1748-1819) el método recibió un definitivo espaldarazo, pues en 1798 una Real Cédula obligó a los hospitales a implementar la inoculación, y el mismo monarca decidió intervenir a sus tres hijos después de quedar desfigurada la Infanta María Luisa (1782-1824) por la viruela (Duro Torrijos, 2014: 121-130). En la América hispánica, la inoculación llegó a partir de la década de 1760.

Dibujo de principios del siglo XIX donde se comparan los progresos de sendas intervenciones por medio de inoculación de viruela humana (izquierda) y de la recién descubierta vacunación de viruela bovina (derecha), 16 días después. Como es perceptible, la vacuna primitiva hacía bastantes menos estragos en la zona de administración que la inoculación. Además, reducía la mortalidad y no era contagiosa, a diferencia de los pacientes inoculados, que podían contagiar la viruela. Por estos motivos la vacuna sustituyó en muy pocos años a la variolización, salvo en determinados lugares donde estaba muy asentada la inoculación tradicional, como Sudán, India o Asia central.

Dibujo de principios del siglo XIX donde se comparan los progresos de sendas intervenciones por medio de inoculación de viruela humana (izquierda) y de la recién descubierta vacunación de viruela bovina (derecha), 16 días después. Como es perceptible, la vacuna primitiva hacía bastantes menos estragos en la zona de administración que la inoculación. Además, reducía la mortalidad y no era contagiosa, a diferencia de los pacientes inoculados, que podían contagiar la viruela. Por estos motivos la vacuna sustituyó en muy pocos años a la variolización, salvo en determinados lugares donde estaba muy asentada la inoculación tradicional, como Sudán, India o Asia central.

 

Es indudable que la progresiva implementación formal de la variolización en Europa y América a lo largo del siglo XVIII, sumado a la extensión de la misma en China o la presencia desde antiguo de remedios preventivos tradicionales y no estandarizados en Europa y otros lugares, supusieron un hito en la guerra de la humanidad contra la viruela. Además, la inoculación abrió el camino para que Jenner (que había sido inoculado de niño y llevó a cabo operaciones como médico) ideara la introducción en el organismo del virus bovino de la viruela en lugar del humano, método que pronto demostró ser más eficaz y seguro que el anterior, principiando así la venturosa era de la vacunación.

 

 

Referencias bibliográficas

-Alivisatos, C.N. (1934), “The First Immunologist, James Pylarino (1659-1718), and the Introduction of Variolation: (Section of the History of Medicine)”. Proceedings of the Royal Society of Medicine, 27 (8), pp. 1099-1104.

-Bazin, Hervé (2011), Vaccination: A History from Lady Montagu to Genetic Engineering. Montrouge: John Libbey Eurotext Limited.

-Boylston, Arthur (2012), “The origins of inoculation”. Journal of the Royal Society of Medicine, 105 (7), pp. 309-313.

-Brunton, Deborah Christian (1990), Pox Britannica: Smallpox Inoculation in Britain, 1721-1830. Philadelphia: University of Pennsylvania (Dissertation).

-Dinç, Gulten, Ulman, Yesim Isil (2007), “The introduction of variolation ‘A La Turca’ to the West by Lady Mary Montagu and Turkey’s contribution to this”. Vaccine, 25 (21), pp. 4261-4265.

-Duro Torrijos, José Luis (2014), Los inicios de la lucha contra la viruela en España. Técnica e ideología durante la transición de la inoculación a la vacuna (1750-1808). Tesis doctoral no publicada. Alicante: Universidad de Alicante.

-Fenner, F., Henderson, D.A., Arita, I., Jezek, Z. y Ladnyi, I.D. (1988), Smallpox and its eradication. Ginebra: Organización Mundial de la Salud.

-Ki Che Leung, Angela, “Variolation and Vaccination in late Imperial China”. En History of Vaccine development. Ed. por Plotkin, Stanley A. Springer, pp. 5-12.

-Plotkin, Stanley A., Orenstein, Walter A. y Offit, Paul A. (1988/2008), Vaccines. Saunders Elsevier.

 

Webgrafía

The History of Vaccines. The College of Physicians of Philadelphia. Recuperado el 18 de julio de 2020. URL: https://www.historyofvaccines.org/timeline/all

 

*Foto de portada: Grabado del siglo XVII donde aparece uno de los tratamientos médicos de la época para los casos de viruela, antes de la llegada de la inoculación a Occidente. En concreto, el médico realiza en la imagen un sangrado de la lengua al paciente.

 

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