junio 16, 2021
Rampjaar 1672 el ocaso de los Países Bajos alegoría

Rampjaar 1672: el ocaso de los Países Bajos

Rampjaar 1672: el ocaso de los Países Bajos

La Edad de Oro de los Países Bajos, que recorrió buena parte del siglo XVII, comenzó a declinar abruptamente en 1672 con el Rampjaar o “año del desastre”, negra efeméride de la historia neerlandesa

Por Alejandro Bañón Pardo, Licenciado en Historia

 

“Het volk was redeloos, de regering radeloos en het land leek reddeloos”.

(“El pueblo era irracional, el gobierno estaba desesperado y el país perdido y desamparado”).

Proverbio holandés que rememora el año 1672

 

Introducción

A lo largo y ancho de la historia nos topamos con algunas fechas que suponen un verdadero revulsivo temporal, hitos muy específicos y en no pocas ocasiones insignificantes mirados en sí mismos, o de una importancia muy relativa vistos desde la distancia y a través de las lentes de la indagación histórica pero que, por el simbolismo de los acontecimientos que encierran, su trascendencia en el devenir de los tiempos subsiguientes, el capricho de los historiadores u otros motivos ignotos, persisten en la memoria colectiva de los pueblos y refulgen con indeleble brillo en los interminables y polvorientos anales cronológicos. Sea como fuere, y pese a que en ocasiones se revisten algunas fechas de una importancia inusitada, obviándose la importancia de la erosiva continuidad histórica y la longue durée en la aparición de cambios cuyas entrañas se hallan en lo profundo, bajo el pico del iceberg, hay ciertamente fechas con mayúsculas, momentos, coyunturas brevísimas en el tiempo que marcan el futuro a corto, medio y largo plazo.

Puede tratarse de sucesos de feliz o infausto recuerdo, originados por los hombres o vertidos por la naturaleza, casuales, planeados o incluso predeterminados, pero constituyen en todo caso hitos cuya trascendencia, por su proyección a futuro, atestiguada y confirmada objetivamente por la Historia y los historiadores asépticos, es indudable. El caso que nos ocupa encajaría dentro de este tipo de fechas: 1672 supuso el decaimiento de una vigorosa y emprendedora república que en unos pocos decenios había logrado emanciparse y convertirse en toda una potencia mundial.

Hay fechas que se recuerdan más por sus consecuencias diferidas que por las inmediatas, y es por ello que los contemporáneos de la época no son realmente conscientes de estar viviendo un “momento histórico”. Es probable que si pudiéramos preguntar a un castellano de mediados del XVII sobre el desventurado año 1640, su impresión no sería ni mucho menos tan oscura como la negativa imagen que proyecta la historiografía actual, que señala dicho año como aquél que estuvo a punto de acabar con la monarquía hispánica. Sin embargo, si efectuáramos la misma operación un poco más al norte, en las Provincias Unidas, casi con total seguridad cualquier ciudadano neerlandés nos hubiera pintado con voz trémula el reciente 1672 como un verdadero annus horribilis. ¿Por qué? En este punto, estimado lector, y antes de pasar a la detallada descripción de los síntomas y el diagnóstico de tan desgraciada efeméride, hemos de realizar una breve digresión del sanísimo y robusto cuerpo al que aquejó.

 

La Edad de Oro holandesa

1672 y sus secuelas perviven como una pesadilla para los Países bajos en parte por la ingente torre de Babel dorada que vino a, como mínimo, carcomer. Dice el sabio refranero español que a gran subida, gran caída, y el desastre de 1672 destaca todavía más por haber hecho tambalearse a un verdadero gigante que en modo alguno daba síntomas preocupantes de debilidad o decadencia, aunque sí tal vez de agotamiento. Las Provincias Unidas, que se habían ido forjando desde la Plena Edad Media en una suerte de esfuerzo nacional colectivo que llegó, nada menos, a conquistar territorios al mar inhóspito y a segregarse de la monarquía más poderosa de su tiempo, fueron castigadas cruel y velozmente en su etapa de mayor esplendor. Tras el desastre, vino ciertamente una paulatina recuperación y estabilización a partir de 1674, sobre todo en el plano político-militar, y en mucha menor medida y de manera más tardía en el económico, pero las Provincias Unidas perdieron ya para siempre la posición de gran potencia mundial que llegaron a ocupar en el siglo XVII. Los efectos culturales y psicológicos que la crisis produjo en la población local quedaron plasmados de manera indeleble en las manifestaciones artísticas, el rampjaar supuso un golpe emocional, psicológico y moral muy profundo cuyas cicatrices pervivieron mucho tiempo tras la estabilización del país (Munt, 1997: 3).

Antes de todo aquello, la pequeña república había llegado a ser una de las grandes potencias de mundo. Pese a que la historiografía de nuestros días ha templado ciertamente y situado en su justa medida los parabienes de este periodo áureo, no en vano continúa siendo un tópico bastante próximo a la realidad histórica la increíblemente vigorosa salud de la república neerlandesa en el siglo XVII. En una obra muy popular en su tiempo titulada Onze Gouden Eeuw (“Nuestra Edad de Oro”), el neerlandés Muller remarcaba con asombro que un país “pequeño en tamaño y con una población limitada fuera capaz de adquirir y mantener un poder equivalente al de las grandes y establecidas monarquías tradicionales”, en una “prosperidad sin parangón” lograda por “una generación extraordinariamente talentosa” y todo ello a pesar de “unas instituciones nacionales defectuosas” cuyas limitaciones fueron compensadas merced a la calidad de sus gobernantes (Prak, 2005: 1). Johan Huizinga, probablemente uno de los historiadores holandeses más célebres, se preguntaba cómo era posible que “un país tan pequeño y relativamente remoto como la joven república hubiera sido pese a todo tan avanzado política, económica y culturalmente” (Huizinga, 1968: 10-11).

Así pues, prosperidad económica, buenos gobernantes, florecimiento cultural… todo ello en el marco de un joven imperio colonial en formación, cuya fundación como república se había producido pocos años antes, a finales del siglo XVI, momento en el que ya comenzó su vertiginoso despegue en todos los ámbitos, al calor de la dura refriega con España, que no finalizaría hasta 1648, con el reconocimiento formal de su independencia. Una república conformada por siete provincias: Holanda (con diferencia la más importante), Frisia, Groninga, Güeldres, Overijssel, Utrecht y Zelanda. Estos siete territorios contaban en el siglo XVII una población que nunca llegó a superar los dos millones de habitantes, y que se concentraba, al menos la mitad, en ciudades (en su mayoría holandesas) como Ámsterdam, Leiden, Haarlem, Rotterdam, Delft o Utrecht. El alto grado de urbanización confería a la demografía neerlandesa una nota de excepcionalidad frente al poblamiento fundamentalmente rural del resto de países de su entorno. A las provincias mencionadas se sumaban el paupérrimo condado de Drenthe y las llamadas tierras de la Generalidad, pequeñas regiones católicas en la frontera con los territorios españoles y que en tiempos de guerra servían de barrera y área de contención frente al enemigo.

La organización política era de tipo confederal y descentralizada, con unos Estados Generales en los que tenía su sede el gobierno federal, que reunía a las siete provincias, cada una con un voto. En esta asamblea se tomaban por unanimidad las decisiones más importantes concernientes a la república. El cargo político más importante era el del stadhouder (estatúder), que englobaba atribuciones de mando militar y en muchos casos personificaba de facto al jefe del Estado. Elegido por los Estados Generales, casi siempre recayó en miembros de la familia nobiliaria holandesa de Orange-Nassau, que demostraron ser en general buenos estadistas.

Parece claro que la viga maestra del edificio era la economía. La agricultura y especialmente la ganadería fueron sectores muy prósperos, y la región contaba también con una potente industria, aunque el motor de la economía neerlandesa era el comercio y la estructura financiera, ambos estrechamente entrelazados. Las Provincias Unidas dominaron, durante buena parte del siglo XVII, el comercio mundial sustituyendo a españoles y portugueses. Hábiles marineros y cartógrafos, los neerlandeses, con el decidido apoyo estatal y de su emprendedor estamento nobiliario, lograron mantener esta posición comercial dominante en parte gracias a la portentosa VOC, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (Verenigde Oostindische Compagnie), fundada en 1602, fecha que no por casualidad es considerada tradicionalmente como la del inicio de la edad dorada. La VOC logró monopolizar el comercio asiático de especias y otros productos durante dos siglos, obteniendo pingües beneficios y convirtiéndose en la mayor empresa comercial de su tiempo. La WIC, Compañía Holandesa de las Indias Occidentales (West-Indische Compagnie), por su parte, rivalizó en el comercio de productos americanos como el azúcar con españoles, portugueses e ingleses y despuntó en el lucrativo comercio de esclavos. Empero, el protagonismo comercial de los Países Bajos descollaba también en Europa, y especialmente en el Báltico, donde ocuparon el espacio de la decadente Hansa teutona, controlando el tráfico de mercancías a granel del continente, gracias en buena medida a su privilegiada situación geográfica. Así, los comerciantes holandeses vendían en el sur de Europa productos norteños como grano, pólvora sueca, madera, hierro… transportando a su vez desde el sur hasta el norte vino, sal y otros productos meridionales.

Todos estos beneficios que empaparon los Países Bajos de capital fruto de sus actividades comerciales se hallaron con una infraestructura financiera idónea y única en Europa. En 1609 se creó la bolsa de Ámsterdam, que junto con el banco de cambio Amsterdamsche Wisselbank fundado ese mismo año convirtieron esta urbe en el centro financiero del mundo durante el siglo XVII. El ingente capital comercial fue utilizado en la bolsa por los banqueros como un eficaz instrumento de inversión que generaba a su vez más y más riqueza.

El comercio vino ligado a una poderosa y dinámica armada que hizo posible este dominio de los mares. En términos militares, los navíos holandeses conformaban una de las mejores escuadras de su tiempo, avanzados técnicamente y con almirantes prodigiosos como Michiel De Ruyter (1607-1676). Los barcos de la VOC, pero también los de la WIC, rivalizaron y se impusieron durante años a las naves hispano-portuguesas, francesas e inglesas. Consecuencia de ello fue el establecimiento en el siglo XVII de bases comerciales y enclaves coloniales por todo el mundo, de dispar fortuna y continuidad, lo que se tradujo en la gesta de un imperio comercial ultramarino (pues la administración de estos territorios, durante el XVII, la realizaron las propias compañías comerciales), en muchas ocasiones a costa de la declinante Portugal. Este imperio llegó a extenderse en América por Surinam, Brasil (área de Pernambuco), el Caribe (Aruba, Bonaire, Curazao…), Norteamérica (Nueva Ámsterdam –Nueva York-), y con mayor éxito y permanencia en Asia, fundando o conquistando emporios comerciales en Indonesia (territorio que llegarían a colonizar plenamente), Indochina, Ceilán, Taiwán, Malaca, distintos enclaves costeros de la India y el Golfo Pérsico o Japón (enclave de Dejima). Tuvo también presencia en África con el establecimiento de emporios costeros en puntos del Golfo de Guinea o Madagascar, y sobre todo en Sudáfrica, donde a partir de la colonia del Cabo de Buena Esperanza prosperó una nutrida y expansiva comunidad holandesa.

La sociedad holandesa presentaba matices originales, distintos, con respecto a otros países europeos, y estaba marcada por un relativo “igualitarismo” fruto del apabullante aburguesamiento de la población, lo que chocaba a los visitantes extranjeros. Adelantándose a escenarios que no aparecerían en el continente hasta el siglo XIX, en las Provincias Unidas el estatus social no estaba marcado por la ascendencia o la pertenencia a un determinado grupo social cerrado, sino por el dinero, lo que propulsó un incesante dinamismo y movilidad social. El bisoño clero protestante tenía poco poder y estaba dividido, mientras que la aristocracia poderosa, terrateniente y de rancio abolengo típica de otras latitudes prácticamente no existía, siendo muchos de los nobles en el XVII antiguos comerciantes que habían adquirido el título, lo que demuestra la importancia del comercio. La movilidad e interacción social entre nobles y comerciantes fue constante. Al margen estos grupos, la burguesía adinerada de las prósperas ciudades neerlandesas, formada por abogados, médicos, altos funcionarios o fabricantes industriales tenía también influencia. La asistencia social y amparo a los sectores desfavorecidos estaba bastante desarrollada.

La religión predominante era la fe reformada tras su importación desde Suiza en el siglo XVI, y aunque el calvinismo dejó huella en la idiosincrasia nacional, se vio mermado por las agrias disputas entre arminianistas o remonstrantes y los calvinistas conservadores. La división del protestantismo holandés dio lugar a la aparición de un clima de progresiva tolerancia mutua, que poco a poco se fue abriendo también a los fieles de otras confesiones y religiones, como menonitas, católicos o judíos, sobre todo a partir de 1630, y dependiendo también de la ciudad o provincia, siendo Rotterdam y Ámsterdam las ciudades más tolerantes. Durante el siglo XVII los Países Bajos se convirtieron en una especie de refugio de disidentes religiosos, como prueban la llegada masiva de los judíos portugueses o los hugonotes franceses tras la revocación del Edicto de Nantes. La emigración al país de trabajadores especializados protestantes, procedentes de Flandes, Francia y otras naciones, contribuyó a la prosperidad de la economía neerlandesa. Pese a que la represión, al menos oficial, contra los católicos y otras minorías persistió, y el ajusticiamiento de librepensadores como Adriaan Koerbagh (1633-1669) pone de manifiesto los límites de la famosa tolerancia holandesa, lo cierto es que en comparación con la mayor parte de las naciones del momento constituía un remanso de libertad y tolerancia. Ello llevó a afirmar a René Descartes (1596-1650) que no existía otro país en el que se pudiera disfrutar de una libertad tan completa.

Toda esta grandeza, todo este periodo venturoso que encumbró al pequeño país al olimpo de las potencias europeas, vino acompañado por una efervescencia cultural y científica muy destacable, a lo que sin duda contribuyó la alta tasa de alfabetización de la población. En el campo del arte, y aunque ajenas las Provincias unidas al movimiento barroco, aparecieron pintores de la talla de Rembrandt (1606-1669) o Johannes Vermeer (1632-1675). La región se convirtió en un hervidero de intelectuales y científicos extranjeros, reunidos muchos de ellos en torno a la célebre Universidad de Leiden. Algunos se llegaron a afincar en los Países Bajos, seducidos por el clima de libertad y tolerancia reinante, o imprimieron en ellos sus obras, como Descartes, Pierre Bayle (1647-1706), Thomas Hobbes (1588-1679), John Locke (1632-1704) y un largo etcétera. Empero los propios neerlandeses despuntaron en este periodo en el ámbito de las ciencias y la filosofía, con pensadores y científicos notables como el hebreo Baruch Spinoza (1632-1677), Hugo Grocio (1583-1645), Christiaan Huygens (1629-1695) o Antonie Leeuwenhoek (1632-1723).

 

Los prolegómenos del desastre: un peligroso y reversible juego de alianzas

En 1648, tras Westfalia, los Países Bajos habían alcanzado la independencia y, tal vez, la ausencia de un enemigo exterior acentuó las tensiones y discordias internas. Existían en el país dos bandos contrapuestos: los partidarios de un gobierno unipersonal, en la persona de un estatúder de la casa de Orange; y los que preferían un gobierno más oligárquico, en el que tuvieran más peso los gobernantes locales o regentes, denominados también pensionarios, con el gran pensionario de Holanda a la cabeza. Tras la repentina muerte del joven estatúder Guillermo II de Orange (1626-1650), los del partido oligarca o republicano tomaron el poder. El Gran Pensionario de Holanda, Johan de Witt (1625-1672), procedente de una antigua familia del patriciado urbano de Dordrecht, pasó a dirigir a partir de 1653 las Provincias Unidas en nombre de la “verdadera libertad”, con un gobierno más coral. Hombre inteligente y culto, recibió una esmerada educación, ejerció la abogacía antes de su ascenso político y fue un insigne matemático. Una vez consolidado en la dirección del país, en 1667, promulgó un acta conforme al cual ningún miembro de la casa de Orange podría volver a ostentar el cargo de estatúder. Esta medida, celebrada con júbilo por su facción, atizó las llamas del enfrentamiento civil, con unos orangistas cada día más soliviantados por los movimientos de De Witt.

Entre tanto, el panorama diplomático había cambiado mucho para Holanda tras lograr la independencia de la corona hispánica. Durante la larga guerra con España los enemigos tradicionales de ésta, Francia e Inglaterra, se habían aliado con los neerlandeses. Tras Westfalia, sin embargo, el tablero europeo fue variando y con él las redes de alianzas. Para la Inglaterra de Cromwell, pese a la comunión confesional, la amistad con los Países Bajos no reportaba ya ventaja alguna, al tiempo que la feroz competencia comercial a escala mundial entre ambas potencias marítimas amenazaba con desembocar inevitablemente en el conflicto militar, lo que finalmente ocurrió. Tras una primera guerra enteramente naval en 1652-1654, que se saldó con la victoria inglesa, De Witt, previendo otro inminente conflicto, reforzó la flota a costa de descuidar el ejército de tierra y buscó el auxilio de Francia, firmando una alianza con Luis XIV (1638-1715) en 1662. Efectivamente hubo de nuevo guerra con Inglaterra en 1665-1667, la Segunda Guerra Anglo-Holandesa, también en el mar. Los franceses apoyaron militarmente a las Provincias Unidas, que esta vez se alzaron con la victoria. Fue entonces, envalentonado, cuando De Witt urdió un arriesgado movimiento diplomático que a la postre ocasionaría la ruina a su nación.

Todo comenzó a la muerte del monarca español Felipe IV (1605-1665), cuando Luis XIV, casado con María Teresa, hija de Felipe, reclamó parte de la herencia de su mujer, concretamente los territorios españoles en Flandes, que habían pasado a Carlos II y por consiguiente a la Corona de España. Los holandeses, aliados en ese momento de Francia, preferían como vecino meridional a una debilitada y maltrecha España que a sus temibles y poderosos amigos, por lo que no apoyaron las pretensiones del rey galo, que declaró la guerra a Carlos II en 1667 y ocupó con facilidad los Países Bajos españoles. De Witt, inquieto, decidió entonces fraguar en 1668 una triple alianza con su antigua enemiga, Inglaterra, y con Suecia, a tenor de la cual los tres países se comprometían a usar la fuerza contra su nominal aliada Francia si ésta persistía en reclamar Flandes.

Finalmente, tras la avenencia entre Francia y España en la Paz de Aquisgrán (1668), España recuperó sus territorios y la cuestión flamenca se disipó pero, para desgracia de las Provincias Unidas, los términos del tratado que había dado pie a la triple alianza se hicieron públicos y Luis XIV reaccionó furioso ante lo que consideraba una traición de los holandeses, a los que había apoyado en su guerra con Inglaterra. La maquinaria diplomática y coactiva del Rey Sol se puso en marcha, centrada en ahogar a los Países Bajos: Suecia se retiró al instante de la triple alianza e Inglaterra hizo lo propio. Los ingleses, cuyo rey Carlos II (1630-1685) era tío del representante de la casa de Orange en ese momento, Guillermo III de Orange (1650-1702), vieron en una nueva guerra masiva contra la Holanda de De Witt una magnífica oportunidad para destrozar a su rival comercial y colonial y al mismo tiempo desbancar a los republicanos del poder, colocando en su lugar al sobrino de su soberano. Para colmo Luis XIV había ofrecido a Carlos II una importante suma de dinero si se decidía a actuar contra Holanda. La alianza anglo-francesa, con el apoyo de elementos alemanes, se consumaría en 1670 tras el tratado secreto de Dover, en el que se diseñó una suerte de ignominioso reparto del país neerlandés: Francia obtendría las meridionales tierras de la Generalidad; Münster y Colonia territorios al este; Inglaterra, por su parte, esperaba controlar varias ciudades y puertos fluviales con una intensa actividad comercial, como Walcheren o la isla de Cadzand, en Zelanda. Además, Guillermo III sería proclamado príncipe soberano del país bajo la protección de su tío Carlos II de Inglaterra.

El mandatario neerlandés, De Witt, tuvo constancia de los contactos entre las dos potencias, y trató de mejorar las relaciones con Francia enviando al pensionario de Rotterdam y diplomático Pieter de Groot (1615-1678), sin mucho éxito. La controversia territorial con Francia estribaba fundamentalmente en las tierras de la Generalidad, que los galos consideraban junto con el Flandes español parte de su frontera natural en los lindes del Rin. Para los holandeses este territorio constituía una franja de seguridad y contención entre las siete provincias y la temible Francia al que no estaban dispuestos a renunciar, conforme a la máxima que presidía su acción diplomática según el embajador francés Godefroi d’ Estrades (1607-1686): Gallicus amicus, non vicinus (los franceses como amigos, no como vecinos). Creyendo oír ya los tambores de guerra, De Witt aumentó los efectivos navales, mas rehusó imprudentemente apuntalar como convenía al ejército, en parte por falta de fondos, pero también por la desconfianza que generaba en los republicanos “puros” un instrumento tradicionalmente afín a los estatúderes orangistas.  El cuerpo de oficiales del ejército neerlandés no era experimentado, pues sus miembros, lejos de ser militares profesionales, formaban parte en su mayoría de las élites de la burguesía urbana. Ante la amenazante sombra de varios enemigos combatiendo la república, los orangistas alzaron su voz y presionaron para que Guillermo III fuera nombrado estatúder y se le confiara el mando del ejército, De Witt acabaría accediendo a regañadientes a la segunda petición tras nombrar a Guillermo capitán general una vez empezado el conflicto. Vemos pues cómo en la antesala de tamaña amenaza externa las Provincias Unidas estaban más desunidas que nunca.

 

Primavera: Holanda abierta en canal

1672 debía ser, en teoría, una fecha conmemorativa para los holandeses, ya que se cumplía justo un siglo del para muchos verdadero inicio de la rebelión contra España: la toma de Brielle por los llamados “Mendigos del Mar”. A principios de año se publicaba en una librería de Dordrecht un libro en el que se preparaba al país para celebrar 1672 como un año de jubileo “por los cien años de reforma y de libertad en las Provincias Unidas” (Pettegree et al., 2019: 185). Nada más lejos de la realidad, pues el año nació con pavorosas tormentas asomando en el horizonte. Golpearon primero los ingleses, cuando el 12 de marzo el almirante Robert Holmes (1622-1692) atacó un convoy, en un claro aviso de sus pretensiones de arrebatar a Holanda su poder comercial y marítimo. El 27 de marzo Inglaterra declaró oficialmente la guerra a las Provincias Unidas, seguida de Francia el 6 de abril, guerra a la que se sumaron los principados germanos de Colonia y Münster ese mismo mes. Así dio comienzo la conocida como Guerra de Holanda, que duraría hasta 1678.

El grueso del ejército terrestre lo constituían los franceses, con no menos de 50.000 hombres, que entraron desde el sur, por los Países Bajos españoles, el 4 de mayo, con el rey Luis XIV al frente y al mando del Mariscal Turenne (1611-1675), el Mariscal de Luxemburgo (1628-1695) y Luis de Borbón, Príncipe de Condé (1621-1686). Los alemanes hicieron lo propio desde el este. Los holandeses cifraron su estrategia inicial en la seguridad de ciudades y enclaves fortificados, como Maastricht, con la esperanza de agotar al enemigo obligándole a realizar largos asedios, y así ganar tiempo para atraer aliados a su causa. Mas, ante la disyuntiva de sitiar o no la ciudad de Maastricht, en el extremo sur del país y muy bien defendida, Turenne convenció al resto de mariscales para no hacerlo, dejando una guarnición al sur y bordeando la frontera por el imperio alemán. Los caudalosos ríos del lugar eran vadeables por más puntos que de costumbre en esas fechas debido a la sequía, lo que aceleró su avance. Las diversas fortalezas en las inmediaciones de Rin, como Wesel o Rees, fueron tomadas por los galos sin mucha resistencia a principios de junio. El 7 de junio la importante victoria naval holandesa sobre ingleses y franceses en Solebay permitió evitar, al menos, que ambas potencias efectuaran un gravoso bloqueo naval que hubiera hecho mucho daño a las ciudades neerlandesas, en especial a las de la provincia de Holanda.

El 12 de junio el ejército francés, con 2000 jinetes a la vanguardia a las órdenes del aventurero Armand de Gramont, conde de Guiche (1637-1673), logró cruzar medio vadeando el Rin por el pequeño enclave de Lobith, cuya defensa había sido abandonada. Tuvo lugar entonces la batalla de Tolhuis, que supuso la ruptura por los franceses de la línea del IJssel. Junto a este río, afluente del Rin, se había apostado el grueso del ejército neerlandés con su capitán general Guillermo de Orange. En lugar de aprestarse a defender el Rin con todas sus tropas, Guillermo, medroso, había decidido enviar al mercenario alemán Paulus Wurtz (1612-1676) a la orilla izquierda con varios regimientos de infantería y algunos escuadrones de caballería, para encarar a los franceses de Guiche que habían cruzado el río. Empero, tras varias descargas de su caballería no fue capaz de evitar que más tropas enemigas lo atravesaran. La infantería holandesa permaneció estática entre los árboles. Condé cruzó el río en barca con varios contingentes, mientras que la caballería del conde de Guiche envolvió a los holandeses por detrás. Tras ello, los franceses atacaron con fiereza, causando muchas bajas y despejando la orilla de soldados holandeses, que se dispersaron. Libre ya el Rin de defensores, los galos formaron un puente de barcos merced al cual pudo cruzar el río el grueso de sus tropas. Debido al choque Condé resultó herido de gravedad en una mano, tomando Turenne el mando de las operaciones. Además, en la batalla pereció el joven duque de Longueville (1640-1672), una de las luminarias de la nobleza francesa.

 

Rampjaar 1672 el ocaso de los Países Bajos Luis XIV
El paso del Rin, cuadro de Adam Frans van der Meulen (1632-1690). En primer plano Luis XIV, imponente, aparece sobre un caballo blanco encabritado como caudillo militar, extendiendo el bastón de mando en ademán de iniciar la maniobra. Frente a él, eclipsado, su hermano el Duque Felipe de Orléans (1640-1701), y, en segundo plano, figura Condé planeando la maniobra. Más allá, los jinetes se precipitan hacia el río con las espadas desenvainadas, entre la bruma de los cañonazos, para acometer a los holandeses.

 

Tras el paso del Rin, que sería recordado por los franceses y relatado prolijamente por Voltaire en su obra El siglo de Luis XIV, se había roto una línea de defensa capital para los holandeses. Guillermo retrocedió al centro del país, al área de Rhenen, con unos 10.000 hombres apoyados por elementos españoles enviados por Juan Domingo de Haro, conde de Monterrey (1640-1716), gobernador de Flandes. En aquellos días, los Países Bajos españoles fueron los únicos que acudieron en ayuda de la república, puesto que el elector de Brandemburgo, nominalmente aliado, no se atrevió a atacar las fronteras de Münster. Estas tropas fueron distribuidas fundamentalmente por la provincia de Holanda, para preparar la defensa. Muchas de las plazas tomadas por los franceses eran abandonadas después y solo se dejaban guarniciones en las más importantes, pues Francia quería llegar a la medular de los Países Bajos lo antes posible. Fortalezas teóricamente de difícil conquista, como Tolhuys o Schenck, fueron tomadas con rapidez y facilidad. Cayeron Arnhem y Nimega, en la provincia levantina de Güeldres, al igual que Doesburg y Zutphen. Los alemanes, dirigidos por el obispo de Münster Christoph Bernhard von Galen (1606-1678), apoyados por las tropas francesas del Mariscal de Luxemburgo, asediaron Groenlo y Deventer, también al este del país. Esta última ciudad, presa del pánico, decidió abandonar la república y unirse al Sacro Imperio Romano Germánico. Von Galen continuó operando por las provincias de Güeldres y Overijssel, tomando varios enclaves en la orilla occidental del IJssel, lo que enojó a Luis XIV, que ambicionaba Güeldres para Francia. Sin ruborizarse, el altivo Rey Sol ordenó a Luxemburgo que expulsara a sus aliados alemanes de los pueblos que éstos habían conquistado, lo que enfadó sobremanera a Von Galen, que desplazó sus fuerzas al norte del país, más despejado, donde emprendió su propia campaña al margen de los franceses y con los ojos puestos en la ciudad de Groninga.

Francia continuaba avanzando con celeridad: el 19 de junio cayó Naarden, al norte de la provincia de Holanda, y el 30 de junio los franceses estaban en Gorcum, en el corazón del país, próximos ya a Ámsterdam. Una vez en Holanda, la estrategia del ministro de guerra, el Marqués de Louvois (1641-1691), partidario de paralizar el avance, dar paso a la diplomacia y dejar que el enemigo se desangrara lentamente, se impuso sobre la del convaleciente Príncipe de Condé, que había aconsejado a Luis XIV apoderarse con presteza de Ámsterdam. Los neerlandeses estaban ya decididos a replegarse en Holanda, tras su línea acuífera de defensa, lo que dejaba a la gran ciudad de Utrecht en una situación incómoda, pues dicha estrategia la ponía a los pies de los franceses. Las autoridades de esta ciudad decidieron que cuando llegara el momento la urbe se entregaría sin resistencia para evitar el saqueo.

El Rey Sol, viendo la guerra ganada, paralizó entonces las operaciones con el fin de negociar con los Países Bajos un armisticio. Pese a la consoladora e importante victoria naval de Solebay, la ocupación francesa de buena parte de las provincias hizo que la población neerlandesa entrara en pánico: en Ámsterdam la bolsa se desplomó, se exigieron responsabilidades a los gobernantes, hubo disturbios en diversas ciudades, acusaciones de traición por doquier y un partido orangista fortalecido que reclamaba constantemente la destitución de De Witt y sus colaboradores.

 

Verano: negociación, caos y barbarie

El gobierno de De Witt cayó finalmente, y con él 130 de sus afines, regentes o pensionarios, como Andries de Graeff (1611-1678), su primo Pieter de Graeff (1638-1707), Hans Bontemantel (1613-1688), Lambert Reynst (1613-1679) en Ámsterdam o Pieter de Groot (1615-1678) en Rotterdam, que serían sustituidos por autoridades principescas a lo largo del verano. El 4 de julio los Estados Generales nombraron a Guillermo estatúder. Las negociaciones de paz habían comenzado un poco antes, a finales de junio. Los Estados Generales enviaron varios delegados en representación de los Países Bajos. Como plenipotenciarios de Luis XIV en las negociaciones actuaron dos de sus ministros, Louvois y Simon de Pomponne (1618-1699), agresivo el primero y más conciliador el segundo. Los franceses aprovecharon la desaparición de los De Witt de la escena política y la deposición de sus partidarios en los gobiernos locales para buscar la negociación con los orangistas, que pensaban que aceptarían con más facilidad sus condiciones. Las tropas invasoras frenaron momentáneamente su avance en Utrecht, donde se trató de llegar a un acuerdo. Los holandeses pedían la preservación y respeto de su sistema político, religión y soberanía, ofreciendo a Francia las tierras de la Generalidad (incluyendo la ciudad de Maastricht) e indemnizaciones de guerra. Inglaterra y Francia no aceptaron la oferta holandesa. Los primeros, seguros de que alcanzarían rápidamente la paz tras la subida al poder de Guillermo, sobrino de su rey, querían suplantar a los holandeses en su posición hegemónica del comercio mundial y convertir las Provincias Unidas en un país satélite. Francia, por su parte, estaba envalentonada por el reciente “paseo militar” y deseaba sacar el mayor rédito territorial posible del imparable avance de su ejército.

Louvois lanzó en nombre de Luis XIV una propuesta que sabía inaceptable: ofrecía la paz a los Países Bajos a cambio en esencia de las pretensiones territoriales ya señaladas del Tratado de Dover, libertad religiosa para los católicos y la suma de seis millones de florines. A ello se sumaban otras imposiciones simbólicas pero no por ello menos humillantes, como libertad de tránsito para los franceses sin estar sujetos a servidumbres de paso o el envío de una embajada anual a Francia en la que se hiciera entrega al rey galo de una medalla de oro honorífica en señal de reconocimiento y sumisión. Si los Países Bajos se negaban a aceptar estos términos, la única vía para firmar la paz pasaba por pagar a los franco-alemanes nada menos que dieciséis millones de florines y aceptar que Francia y Münster retuvieran las conquistas territoriales hechas hasta el momento.

 El enviado de Inglaterra, Lord Arlington (1618-1685), propuso que a cambio de la rendición neerlandesa Guillermo se convirtiera por gracia de soberano inglés en príncipe de Holanda en lugar de estatúder, un cargo menor. Además, debía pagar a los ingleses otros diez millones de florines en concepto de indemnización de guerra y aceptar la ocupación permanente de varios puertos. Todas estas condiciones, hechas públicas el 1 de julio, indignaron al país e impulsaron a los holandeses a seguir resistiendo. El ejército francés ocupó Utrecht sin resistencia. Tras ello, parte de las tropas regresaron a Francia con el rey, quedando al mando del contingente de ocupación el Mariscal de Luxemburgo.

Tras la caída de De Witt y su nombramiento como estatúder el 4 de julio, Guillermo de Orange cargaba sus hombros con todo el peso y la responsabilidad que implicaban, por un lado, las negociaciones directas con los aliados y, por otro, la resistencia sin tregua a las fuerzas invasoras. Aunque joven, no le faltaban las cualidades que habían adornado a sus ancestros: frío, valiente, obstinado y perseverante, su carácter queda bien delineado en una anécdota con el enviado inglés. Cuando Arlington le espetó a Guillermo que, por si no se percataba, su república estaba perdida, el estatúder supuestamente contestó con una frase que se haría célebre (Burnet, 1734/1838: 218) “it is indeed in great danger: but there is a sure way never to see it lost, and that is to die in the last ditch” (“está ciertamente en grave peligro, pero hay una forma segura de no verla perdida, y no es otra que morir –resistiendo hasta el final, luchando- en la última zanja”). Efectivamente Guillermo espoleó la defensa a ultranza del territorio frente al invasor. Los diques fueron abiertos y los pólderes se inundaron en julio, frenando el avance del enemigo. En el terreno diplomático, rechazó de plano las exigencias cada vez más exorbitantes de los franceses y lanzó varias contraofertas a su tío Carlos II, el cual, en una de sus cartas, le señaló que el principal obstáculo para la paz era la fuerza que aún tenían los seguidores de De Witt. Esta molesta quinta columna sería purgada por los orangistas en un episodio vil de revanchismo político que, no cabe duda, se les iría a todos de las manos.

El partido orangista sabía que el pueblo, colérico e irascible, completamente desquiciado por la desesperada situación, no se conformaba con la marcha de De Witt, como prueba el intento de asesinato al que había sobrevivido a duras penas en junio. La frustración popular, evidente y exteriorizada a diario en panfletos, algaradas y disturbios, fue conveniente y sibilinamente dirigida, con la connivencia de Guillermo, para descargar en De Witt con toda la contundencia sanguinaria que la situación a su juicio merecía. Los aliados, como hemos visto, favorecían también este clima de contienda civil, toda vez que era claramente favorable a sus intereses.

Todo comenzó en agosto cuando Cornelis De Witt (1623-1672), que había crecido políticamente gracias a la ascendencia de su hermano Johan, fue encarcelado en La Haya, acusado de conspirar para asesinar a Guillermo III. Sin embargo, y pese a las torturas a las que fue sometido, el tribunal no pudo probar la acusación. Cuando el 20 de agosto Johan fue a visitarlo a la cárcel, la guarnición encargada de vigilar al preso desapareció, con la excusa de reprimir un inexistente grupo de merodeadores. En ese momento se produjo una aglomeración de personas que comenzó a exigir un castigo ejemplar para ambos hermanos. Esta concentración había sido minuciosamente preparada, como prueban los panfletos que el mismo día 20 aparecieron por toda La Haya, pidiendo el asesinato de los De Witt.

Ello fue seguido de un asalto a la prisión con el fin de matar a los presos, liderado por las milicias orangistas locales, con el marino Cornelis Tromp (1629-1691) y el regente Johan Kievit (1627-1692) a la cabeza. El desenlace fue un brutal linchamiento en el que Johan y Cornelis fueron sacados del recinto, torturados, mutilados y asesinados por la turba. Una crónica contemporánea, publicada en 1676, describe con horror cómo los hermanos fueron disparados y, una vez muertos, sus cadáveres fueron colgados boca abajo de un poste, a la vista de la gente, que hizo toda suerte de atrocidades con los cuerpos. Algunos trataron de arrancar los penes a mordiscos o de cortar extremidades como los dedos de las manos, la nariz o las orejas; otros se ocuparon de desollar los cuerpos, o de abrirlos en canal como a cerdos, sacando lengua, ojos, corazón, intestinos y otros órganos, que fueron troceados; hubo personas que encontraron entretenido jugar con los intestinos, e incluso según algunos testimonios se llegaron a asar y comer porciones de los cadáveres, en una inopinada exhibición de canibalismo propia de otras latitudes. La ropa, junto con partes de sus cuerpos, se vendieron espontáneamente al público presente como souvenirs. El autor de la citada crónica llega a afirmar que se trató del espectáculo más truculento que jamás se había visto en los Países Bajos, y probablemente en todo el mundo, un escándalo que permanecería en la memoria colectiva de las comunidades tanto nacionales como extranjeras durante mucho tiempo (DeSanto, 2018: 7-8).

Rampjaar 1672 el ocaso de los Países Bajos De Witt
Los cuerpos de los De Witt tras el linchamiento. Cuadro de Jan de Baen (1633-1702), que había recibido numerosos encargos de Johan De Witt en vida. El lienzo se encuentra en el Rijksmuseum de Ámsterdam.

 

Tal fue el final de un hombre (sin olvidar a su inocente hermano) que, con sus aciertos y errores, había dirigido el país en uno de los momentos más laureados de su historia durante casi 20 años. Aunque no hay certezas absolutas al respecto, hoy en día los historiadores dan por segura la existencia de una conspiración orangista bien trabada de la que Guillermo III, como mínimo, estuvo al tanto sin hacer nada para evitarla. De hecho, algunos de los conspiradores fueron protegidos e incluso recompensados por las autoridades.

Aunque, prima facie, las motivaciones de semejante barbarie (por suscribir las palabras de Spinoza, amigo de Johan De Witt, quien, condolido, reprobó el asesinato en un pasquín de 1672 titulado Ultimi barbarorum –“el colmo de la barbarie”-) fueron claramente políticas, en un contexto de gran tensión social por la invasión, no dejan de resultar interesantes otros enfoques para explicar lo ocurrido. Así, si asumimos la existencia de los traumas colectivos transgeneracionales, es posible que el trauma psicológico de la invasión francesa recordara a la población los duros días de la guerra con España, cuyo recuerdo habría pervivido nítidamente en la memoria y el folklore de los neerlandeses (nada más ilustrativo al respecto que la frase “¡que viene el Duque de Alba!” como remedio para aterrar a los niños insomnes), resucitando una suerte de “historia colectiva de ansiedades compartidas” (DeSanto, 2018: 235). De ahí el clima de rabia, ansiedad y nervios acumulados latente entre los habitantes de La Haya, que habría explosionado, no tanto en el asalto y asesinato, como en la inexplicable, bestial y salvaje profanación de los cadáveres.

Entre tanto, en los campos de batalla, el escenario cambió con la inundación del territorio a partir del mes de julio tras la apertura de los diques, poniéndose en práctica la línea de defensa de agua ideada decenios antes por el estatúder Mauricio de Nassau (1567-1625). Esta estrategia, ya sufrida por los españoles, consistía en inundar zonas por debajo del nivel del mar de la provincia de Holanda, adyacente al mar del Norte. Alrededor de esta línea de inundación natural pero controlada, se construyeron fortificaciones y ciudades fortificadas en puntos estratégicos desde IJsselmeer hasta el río Waal, con artillería colocada en los diques que atravesaban las líneas de defensa. Ante la presencia de invasores, los terrenos se inundaban y el nivel del agua se mantenía lo suficientemente profundo como para retrasar el avance enemigo y permitir a su vez el uso de barcos y barcazas armadas por los defensores. Bajo el agua, los holandeses colocaban obstáculos adicionales, como zanjas y bocas de lobo. De esta forma, los franceses se quedaron estancados en Holanda, aunque con la llegada del frío la utilidad de la línea de agua quedaría algo mermada por la congelación de algunos tramos.

 

Rampjaar 1672 el ocaso de los Países Bajos línea defensa de agua
Antigua línea de defensa de agua de los neerlandeses, que sería ampliada en el siglo XIX. Las zonas inundadas aparecen marcadas en azul, los puntos señalan los distintos fuertes y emplazamientos defensivos desplegados a lo largo de la línea. En 1672 se inundó desde Muiden, al norte, hasta Gorinchem, al sur, logrando de esta manera proteger la provincia de Holanda (a la izquierda de la línea, regiones de Gouda, Dordrecht, Ámsterdam…) de ataques provenientes del este. Al norte y al oeste, la sólida marina holandesa, que desde el principio de la guerra se impuso al enemigo, protegía la provincia de invasiones desde el Mar del Norte. Al sur y al suroeste, el Haringvliet (que figura en este mapa en azul cielo bajo Dordrecht), un anchísimo brazo de mar que prolonga el Mar del Norte, permitía también la protección naval. Este verdadero encastillamiento acuático de la provincia de Holanda (corazón de los Países Bajos) permitió protegerla de intrusiones enemigas y salvó a la república de males mayores en 1672 y hasta el final del conflicto en 1678.

 

Así las cosas, el testimonial ejército de Guillermo III refugióse cómodamente tras la línea de agua, viendo cómo los franceses, impotentes, no eran capaces de superar la barrera de agua y barro obra del ingenio holandés. Los galos aún lograron algún avance en julio con la toma de Nimega o Bommel, pero desde finales de mes se vieron impedidos por las inundaciones, pasando el conflicto a una fase de guerra de desgaste. Debido a la inactividad, los frustrados soldados franceses se “entretuvieron” en verano depredando el país ya ocupado y destruyendo multitud de castillos del Rin y el Vecht, como el castillo de Nijenrode. Las operaciones de conquista fueron más fluidas por el norte, donde las tropas combinadas del Duque de Luxemburgo, el elector de Colonia y el obispo de Münster aseguraron la provincia de Overijssel. En esta región, un éxito militar vino a subir la moral neerlandesa: a finales del verano los habitantes de Groninga, dirigidos por el mercenario checo Carl von Rabenhaupt (1602-1675) obligaron al obispo Von Galen y sus huestes teutonas a levantar el largo asedio a la ciudad tras casi dos meses de enconada y valiente resistencia por milicias civiles y tropas regulares. El episodio de la resistencia de Groninga pasó a la memoria colectiva de los holandeses como una de las pocas alegrías de aquel catastrófico 1672. Poco después Münster se retiraba de la zona, lo que permitió a los holandeses recuperar el condado de Drenthe.

 

El largo otoño holandés

Llegó septiembre, y el enemigo no progresaba prácticamente nada en las provincias nucleares del país debido a las inundaciones, que convirtieron su entorno en un incómodo mar de lodo difícilmente transitable, hostigado además por las barcazas y las trampas holandesas. En los territorios ocupados, los soldados franceses continuaron derruyendo castillos, quemando edificios y protagonizando toda suerte de tropelías y pillajes. En los pueblos, una práctica habitual era la de someter a los nobles y mercaderes ricos al pago de una contribución elevada, de lo contrario, sus posesiones eran saqueadas. En otoño Guillermo III trató de cortar las líneas de suministros francesas, realizando ataques a través de los Países bajos españoles, aunque sin mucho éxito.

En el interior, la deposición de los partidarios de De Witt no había calmado los ánimos, la población local vivía atemorizada por la guerra y el tenso clima político, lo cual se refleja en muchas de sus misivas. Contamos con una fuente primaria excepcional para conocer de primera mano cómo vivió el rampjaar la gente común: se trata de la correspondencia enviada en 1672 por familiares, en especial mujeres, a marinos que servían en la VOC o la WIC, que ha sido estudiada por la especialista Judith Brouwer. Estas cartas no llegaron a su destino dado que fueron secuestradas por el enemigo inglés, y se conservan hoy en los National Archives de Londres. En ellas podemos ver como mientras que en primavera la guerra aún no tiene mucha cabida y se cuentan aspectos de la vida cotidiana, las cartas de otoño tienen ya otro cariz, la guerra está mucho más presente y ha invadido la vida privada de las personas, ávidas de noticias y presas del miedo, la incertidumbre y la esperanza (Brouwer, 2016: 299). Sin embargo, parece que todos tenían especial cuidado con lo que escribían si estaba relacionado con la política. En una carta enviada a ultramar por el pastor Everhardus Lijcochtons al marino Pieter Overtwater, le comenta que las noticias políticas son muchas, mas él no se atreve a confiárselas a la pluma, dados los tiempos peligrosos que estaban viviendo. Parece probable que mucha gente practicara la autocensura, dado que las cartas podían ser interceptadas (Brouwer, 2016: 294). Testimonios como éste ponen de manifiesto el tenso clima político y social reinante en la república en 1672, un país invadido por extranjeros y dividido en el interior.

Entrada ya la estación otoñal los franceses reactivaron tímidamente el avance: el Mariscal de Luxemburgo tomó algunos enclaves de la provincia de Holanda, como Capelle o Loosdrecht, y en octubre derrotó a Guillermo en Naarden. Con la venida del frío, la línea defensiva de agua corría peligro de desaparecer, al transformarse en capas de hielo lo suficientemente consistentes como para ser transitadas. Ello permitió a los galos reanudar con fuerza sus ataques al sur de la provincia de Holanda. A finales de diciembre, tras un gélido temporal, el Mariscal de Luxemburgo aprovechó la congelación del agua para asediar La Haya con unos 8000 hombres, pero pronto debió levantar el asedio por un repentino deshielo que activó nuevamente la defensa natural de los pólders inundados, dejando a algunos franceses en el camino. Como desquite y tras la retirada, las tropas de Luxemburgo se dirigieron entonces a las aldeas de Bodegraven y Zwammerdam, en Holanda meridional, masacrando brutalmente a su población.

Rampjaar 1672 el ocaso de los Países Bajos masacre Bodegraven
Grabado de Romeyn de Hooghe (1645-1708), fechado en 1673, una de las ilustraciones que acompañaban la obra del diplomático neerlandés Abraham de Wicquefort (1606-1682) en la que se denuncian las atrocidades y violaciones cometidas por los franceses en Bodegraven y Zwammerdam en diciembre de 1672.

 

Con el exterminio de estos dos pueblos las Provincias Unidas despedían su rampjaar. El rastro de destrucción no se limitó a estas poblaciones, pues otras muchas fueron saqueadas durante la ocupación francesa. Por ejemplo, Breukelen, en Utrecht, fue completamente incendiado, al igual que muchas haciendas rústicas adyacentes y próximas a la aldea de Nieuwersluis (Slingerland, 1989: 67). Por fortuna, 1673 sería el año de la retirada de los franceses del país, aunque la población local aún hubo de soportar la ocupación varios meses más.

En efecto, a partir de 1673 la situación bélica mejoró sobremanera para Holanda gracias a la aparición de poderosos aliados opuestos a Francia, como el Sacro Imperio, los prusianos (cuyo apoyo fue escaso al verse frenados por los suecos), España o Lorena, alianza a la que posteriormente se uniría Dinamarca. También contribuyó la retirada de Münster y Colonia del conflicto. Solo quedaba Francia como adversaria la cual, ocupada en diversos frentes, se retiró de las Provincias Unidas en otoño de 1673, dejando guarniciones solo en Grave y Maastricht, en las tierras de la Generalidad. En esta retirada las tropas no desaprovecharon la oportunidad para destruir cuanto encontraron a su paso antes de abandonar el país. En el mar, los holandeses derrotaron a Inglaterra en varias batallas y obligaron a Carlos II a firmar la paz en 1674; años después, en 1678, los ingleses se unirían a la alianza anti-francesa. El campo de operaciones de la guerra dejó ya de ser pues Holanda, trasladándose más bien a los lindes alemanes del Rin y los Países Bajos españoles, territorio este último que se convirtió en el principal objetivo territorial de Luis XIV a costa de la languideciente España. Francia, pese a llevar la iniciativa y ganar la mayor parte de los lances militares entre 1674 y 1678 frente a las descoordinadas fuerzas de la alianza, quería la paz. En ello influyó el peligroso acercamiento de Holanda e Inglaterra, materializado en la unión de Guillermo III con su prima María (1662-1694), hija del Duque de York, que convirtió de súbito a Guillermo en serio candidato al trono inglés. Así, en la Paz de Nimega de 1678, los franceses obtuvieron territorios en los Países Bajos españoles, mientras que las Provincias Unidas mantuvieron su integridad territorial, sin perder ninguno de los territorios ocupados durante el conflicto.

En definitiva, parece que tras aquel año apocalíptico de 1672, las cosas mejoraron mucho para Holanda, sobre todo a partir de 1674, y desde el punto de vista territorial, el país se mantuvo incólume tras la Paz de Nimega. Inglaterra, hermanada en la fe pese a ser un rival comercial, parecía que estrechaba lazos con las Provincias Unidas tras el matrimonio de su estatúder con María. A raíz del rampjaar, la diplomacia y la acción política de la república siguieron una línea clara y unívoca durante muchos años, a veces hasta la obsesión, consistente en combatir a la Francia de Luis XIV allá donde fuera posible. Cuando murió el monarca inglés en 1685, y a fin de expulsar a un rey católico y pro francés como Jacobo II (1633-1701), los holandeses apoyaron la revolución gloriosa de 1688, movilizando todos sus recursos para invadir las islas, colocar a su estatúder Guillermo en el trono con la connivencia del parlamento y frustrar, esta vez ya para siempre, las esperanzas regias de los Estuardo, cuyo representante, Jacobo II, se refugiaría en Francia.

El desastre económico derivado del rampjaar se cifra en la ingente cantidad de edificios destruidos, pueblos quemados y saqueados, campos de cultivo esquilmados, terrenos inundados… la invasión gala, como ocurre con todas las ocupaciones militares, le pasó pese a su brevedad una amarga factura a la nación neerlandesa. En el condado de Bergh, región eminentemente rural en la frontera con Alemania, el estudio de cuentas anuales donde se contabilizaban los ingresos agrarios de los terratenientes refleja que entre 1662 y 1682, y en especial a partir de 1672, los ingresos anuales bajaron sustancialmente (Staring, 2019: 31-32). El comercio marítimo, clave de bóveda de la economía holandesa, no se vio directamente afectado y pudo salir del paso airosamente gracias a los éxitos de la armada y a que las grandes ciudades portuarias, como Rotterdam o Ámsterdam, se vieron libres de la invasión. En todo caso, la paralización y empobrecimiento del país durante estos años mermó el consumo y perjudicó al intercambio de todo tipo de productos. La viuda del famoso pintor Jan Vermeer, fallecido en 1675 dejando once hijos, declaró lo difícil que le había sido al pintor vender sus obras tras el rampjaar:

“Durante la ruinosa guerra con Francia, no sólo no pudo vender nada de su arte, sino que, para su gran perjuicio, se quedó con los cuadros de otros maestros con los que trataba. Como consecuencia de ello y debido a la gran carga que suponían sus hijos, sin poder mantenerse, cayó en tal decadencia y decaimiento que, como si hubiera caído en un frenesí, en un día y medio pasó de estar sano a estar muerto”.

Además los ingleses, que desde 1650 rivalizaban con los Países Bajos por el dominio del comercio marítimo internacional y se habían enzarzado en varias guerras para arrebatarles la hegemonía del mismo y sus colonias, tomaron ventaja en dicha pugna tras la caótica situación que aquejó a Holanda en 1672. Así las cosas, en 1674 los neerlandeses perdieron para siempre sus territorios en Norteamérica, y a medida que avanzaron los años su posición de preeminencia en el comercio de ultramar se fue desvaneciendo.

Desde el punto de vista cultural, 1672 apareció reflejado años después en multitud de poemas, propaganda panfletaria o en el arte. Las expresiones culturales del pueblo neerlandés en estos años dan testimonio de su estado emocional, psicológico y moral derivado del rampjaar y la crisis subsiguiente, una crisis que fue más larga y profunda de lo que la recuperación exterior del país y las crónicas dejaban entrever.

Podría pensarse que los Países Bajos, más que entrar en decadencia a finales del XVII por deméritos propios, se vieron sencillamente superados por otros con muchos más recursos y habitantes. No dejaba de ser un país pequeño y demográficamente débil, con un ejército de tierra mediocre y un sistema político anticuado, en desigualdad de condiciones ante el agresivo gigante francés nacido de la Guerra de los Treinta Años y la vitalidad comercial y marítima de una Inglaterra que a partir de 1688 se liberaría al fin de los conflictos civiles e iniciaría una progresión que la llevaría a la cumbre. Víctima de sus limitaciones insalvables, como la geográfica, Holanda tampoco logró seguir la estela de potencias emergentes en el mosaico de las naciones europeas, como Brandemburgo, Suecia o Rusia. En este sentido su decadencia, paradójicamente paralela a la de su secular enemigo español, es comprensible por sí misma debido a la pujanza de sus poderosos vecinos. Sin embargo, los acontecimientos de 1672 produjeron como hemos tenido ocasión de ver una profunda crisis económica, política y social que frenó la progresión del país y puso punto final al periodo más dichoso de la historia de las Provincias Unidas, distanciándolas aún más de las naciones más potentes de Europa, a las que ya perdió la pista.

El siglo XVIII neerlandés sería una centuria de paz y estabilidad. La Holanda dieciochesca era vista como un país apacible y tolerante de comerciantes, pintores y banqueros, loado por muchos ilustrados. Eso sí, un país más del concierto europeo, indudablemente de segundo orden en clave geopolítica, como quedaría confirmado en el Tratado de Utrecht de 1713. El mar, durante decenios sometido a Holanda, pasaba ahora a tener un nuevo “dueño”: Britania, la dominadora de las olas, que iniciaría su propia edad dorada e impondría su hegemonía naval, colonial y comercial hasta la Primera Guerra Mundial. Los tiempos dorados de los Países Bajos habíanse marchado para no volver, perdidos en un sueño decimoséptimo hermoso y efímero, abruptamente interrumpido por la pesadilla del malhadado rampjaar.

 

Referencias bibliográficas

-Brouwer, Judith (2016), “Met dank aan de vijand. Unieke post uit het Rampjaar 1672”. Groniek, 204/205, pp. 289-303.

-Burnet, Gilbert (1838), Bishop Burnet’s History of His Own Time: From the Restoration of King Charles Ii, to the Conclusion of the Treaty of Peace at Utrecht, in the Reign of Queen Anne. A new edition with historical and biographical notes. Londres: Bradbury and Evans, Printers, Whitefriars (obra original publicada en 1734).

-DeSanto, Ingrid Frederika (2018), Righteous Citizens: The Lynching of Johan and Cornelis DeWitt, The Hague, Collective Violens, and the Myth of Tolerance in the Dutch Golden Age, 1650-1672. Los Ángeles: University of California.

-Huizinga, J.H. (1968), Dutch Civilisation in the Seventeenth Century and Other Essays. Londres: Collins.

-Munt, Anette (1997), “The Impact of the the Rampjaar on Dutch Golden Age Culture”. A Journal of Low Country Studies, XXI (1), pp. 3-51.

-Pettegree, Andrew; der Weduwen, Artur (2020), The Dutch Republic and the Birth of Modern Advertising. Leiden: Brill.

-Prak, Maarten (2005), The Dutch Republic in the Seventeenth Century: The Golden Age. Nueva York: Cambridge University Press (Trabajo original publicado en holandés en 2002).

-Slingerland, Jan (1989), “De vernietiging van Breukelen in rampjaar 1672-73”. Tijdschrift Historische Kring Breukelen 4 nr. 1, pp. 63-67.

-Staring, Natalya (2019), Het Rampjaar en haar invloed op de jaarrekeningen van het graafschap Bergh (1662-1682). Tesina de Licenciatura, tutor: Christiaan van Bochove. Nimega: Universidad de Radboud.

 

Webgrafía

-“Operaciones en 1.672. Invasión de Holanda” (2019), en Arre Caballo! Recuperado el 29 de mayo de 2021. URL:

https://arrecaballo.es/edad-moderna/guerra-franco-holandesa-1672-76/operaciones-en-1-672-invasion-de-holanda/#

-“Vermeer’s Life and Art (part four)”, en Essential Vermeer. Recuperado el 1 de junio de 2021. URL: http://www.essentialvermeer.com/vermeer%27s_life_04.html#.U1ktxlf8iZR

 

Para profundizar

-Brouwer, Judith (2014), Levenstekens: gekaapte brieven uit het Rampjaar 1672. Hilversum: Verloren.

-Dreiskämper, Petra (1998), Redeloos, radeloos, reddeloos: de geschiedenis van het rampjaar 1672. Hilversum: Verloren.

-Goedkoop, Hans; Zandvliet, Kees (2012), The Dutch Golden Age: gateway to our modern world. Zutphen: WalburgPers Algemeen.

-Panhuysen, Luc (2009), Rampjaar 1672: hoe de republiek aan de ondergang ontsnapte. ÁmsterdamOlympus.

-Reinders, Michel (2010), Gedrukte chaos: populisme en moord in het rampjaar 1672. Ámsterdam: Balans.

1672-2022. 350 Jaar Rampjaar. URL: https://rampjaarherdenking.nl/ . Página creada específicamente para conmemorar el aniversario del rampjaar, en inglés y holandés.

 

* Foto de portada: Cuadro titulado “Alegoría del Rampjaar”, obra de Jan van Wijckersloot (1625-1687). Un orangista muestra a un regente, con gorro de dormir, un dibujo alegórico en el que aparecen el león holandés en el interior de un patio típico, el cual es símbolo tradicional de la seguridad e integridad de la provincia de Holanda. El león se presenta indefenso y débil, con sus siete flechas (que representan las siete provincias) dispersas y la espada rota, mientras que la valla que rodea el patio ya ha sido derribada. En la parte superior del dibujo, un gallo francés, posado sobre tres flores de lis y cuatro flechas conquistadas, canta triunfante.

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Alejandro Bañón Pardo

Mi formación universitaria se ha desarrollado en la Universidad Complutense de Madrid. Licenciado en Historia y con un máster en Gestión de la Documentación, Bibliotecas y Archivos. Actualmente curso tercero del Grado de Derecho en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Perfil de Academia: https://ucm.academia.edu/ABañónPardo

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